La palabra erratismo no viene en la RAE

El móvil no para de repetir un pitido creado a una frecuencia calculadamente molesta para el oído del ser humano. No pienso levantarme a cargarlo. No pienso levantarme del sofá. No pienso pensar, simplemente quiero estar.

El portátil emite un ronroneo quejoso, quiere irse a la cama. En breves se rebelará y la pantalla se llenará de píxeles azules.

Cuántos ruidos se escuchan en el silencio. Se puede adivinar el estado de ánimo de una persona por el modo en que sube las escaleras. También la hora del día, ahora es de noche porque nadie las sube. Es una pena, unas escaleras tan bonitas merecen ser pisadas. Me gustaría ser como Virginia Woolf y pasar de un pensamiento a otro, pero sólo alcanzo a enlazar incoherencias nocturnas.

Se oyen unas risas, pisadas ligeras y un portazo retumbando. Alguien ha vuelto pronto a casa.

La nevera reclama su protagonismo, nunca pensé que enfriar la comida fuera tan ruidoso. Es curioso que nos alimentemos de cosas que se conservan en un artilugio tan contaminante, pareciera que somos incapaces de inventar un futuro limpio. De cuerpo y alma. No nos dan pistas para conservar una carcajada fresca y que pueda ser utilizada en caso de urgencia. Como en este instante.

Mis pensamientos no suenan pero se ahogan en un grito sordo. Y pesan. Mis párpados no, y es extraño a estas horas. Tendré que encontrar el interruptor secreto que desengancha de la realidad y conecta con los sueños. Porque es necesario cerrar los ojos y abandonarse a la oscuridad para mañana ver la luz.

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